Este verano he disfrutado de mi quinto viaje por Grecia, un país que visité por primera vez en 2016 y que me cautivó desde el primer momento. Nueve años después no solo me reafirmo, sino que mi admiración sigue creciendo, tanto como mi nostalgia cuando vuelvo a casa.

Vaya esta declaración por delante para explicar mi conexión con los vinos griegos. No puedo ser objetiva, pero tienen méritos suficientes para defenderse por sí solos. ¿Cuál es el problema? Que son grandes desconocidos. Pero ¿cómo? ¿no es la Grecia Antigua la que ha conformado nuestra civilización? “We are all greeks” es una afirmación del poeta romántico Percy Bysshe Shelley. Él era inglés, pero nosotros, queramos o no ¡somos mediterráneos! Y, sin embargo, conocemos mejor los vinos de las regiones del norte de Europa o del llamado Nuevo Mundo.

En cada viaje visito algunas bodegas y descubro nuevas zonas y vinos, pero me queda mucho por conocer: hay más de 200 variedades locales (hay quien eleva la cifra hasta 350). No pretendo hacer un resumen de la vitivinicultura griega, eso ya está en los libros o en internet, sino más bien un breve homenaje a algunas personas que he encontrado en el camino y que me han dedicado un poco de su tiempo para ayudarme a entender mejor unos cuantos vinos, estrechamente ligados a un paisaje muy singular.

Mi primer contacto fue en Creta. Tratándose de una isla en la franja sur del Mediterráneo, me sorprendió la sensación fresca de sus vinos, sobre todo los blancos. Se supone que es debida a la proximidad al mar, un factor presente en todo el territorio griego, que cuenta con unas 6.000 islas e islotes; incluso en el continente, no hay ningún punto situado a más de 100 km de la costa. Puede que también jueguen a favor de la frescura los suelos calcáreos en la mayoría del país y las variedades que se han adaptado desde hace miles de años a un clima en general caluroso, aunque con notables variaciones debidas a la accidentada orografía.

En 2016 tuve la suerte de conocer a Giorgos, copropietario de Bakaliko, un pequeño restaurante y tienda de vinos, situado en el pueblo de Arhanes. Entré en el local sin tener referentes. Su carta ofrecía una degustación de 3-5 vinos y me interesé por el tema. Giorgos pilló al vuelo un comentario mío intrascendente y me dijo “si eres profesional, ven cuando acabe el servicio y te preparo una cata más extensa”. ¡Y vaya si lo fue! Me fue sirviendo 21 vinos y explicando las características de variedades cretenses como kotsifali, mandilaria, liatiko (tintas), y las blancas vidiano, vilana, thrapsathiri (que siempre me recuerda a mi querida xarel·lo), plyto, dafni, moschato spinas y malvasía de candia. Exceptuando la última, no había probado ninguna antes. He vuelto a Arhanes este verano y Giorgos sigue al pie del cañón, solo que ahora ha ganado fama: la guía de viajes Lonely Planet le dedica un párrafo extenso y recomienda comer y beber en Bakaliko. Yo también. De esta última vez me quedo con los nombres de dos productores que me han llamado la atención: Iliana Malihin y Moinoterra.

He ido ampliando horizontes, pero aquella primera cata me dejó dos ideas claras sobre lo que los vinos griegos podían ofrecerme: una enorme diversidad y la constatación de que los adjetivos “mediterráneo” y “fresco” no son siempre antagónicos.

Otra experiencia memorable fue en Santorini, una isla de una belleza extraordinaria que queda eclipsada por un turismo masivo insostenible. Aun sabiéndolo, en el verano de 2019 quise ir a ver sus viñas. Son únicas. Muchas de ellas son más que centenarias y sobreviven en un suelo de cenizas volcánicas recientes, soportando vientos fuertes, terremotos (el último gran episodio de continuos seísmos tuvo lugar la pasada primavera), aridez y presión urbanística. El peculiar sistema de poda entrelaza los sarmientos formando en cada cepa una especie de nido que resguarda en su interior los racimos, mayoritariamente de la variedad assyrtiko. Reservé una visita enoturística en una bodega de renombre: Hatzidakis. Después de pisar el viñedo, su propietaria, Konstantina Chryssou nos acompañó durante toda la cata (solo éramos dos personas) y mientras iba abriendo botellas, a cuál mejor, nos contó su historia con toda naturalidad: fundó la bodega junto con su marido, Haridimos Hatzidakis, un enólogo pionero en muchos aspectos que se suicidó en 2017 dejándola endeudada y con tres hijos pequeños. Ha salido adelante. Me dio mucha alegría ver a una de sus hijas, Stella, dando a catar los vinos en Vinoble hace tres años. Un ejemplo de resiliencia en una tierra donde la gente está acostumbrada superar adversidades. Uno de sus mayores activos fueron las barricas de Vinsanto, el magnífico vino dulce de uvas asoleadas, que criaban superando de largo el mínimo exigido de dos años. Vendió estas joyas a otra bodega de la zona que ganó prestigio embotellando el vino con su nombre. 

1 Foto adjunta: Konstantina Chryssou, co-fundadora de Hatzidakis Winery, con las barricas de Vinsanto al fondo

El Master of Wine Konstantinos Lazarakis es autor del libro “The Wines of Greece” (2005, actualizado en 2018), una fuente de consulta muy valiosa para mí. Cuenta la historia de Hatzidakis de una forma que pone los pelos de punta.

La variedad assyrtiko lo tiene todo: complejidad, estructura, una maravillosa acidez, un marcado final salino y una gran capacidad para la guarda. Es la más popular y más cotizada del país, lo que hace que cada vez se extienda por más zonas. He probado unas cuantas botellas de procedencias muy diversas, pero siempre me parece que en Santorini, y en según qué bodegas, la assyrtiko alcanza su mejor expresión.

Hay otro texto que me dejó helada hace poco. Es de Yiannis Karakasis, curiosamente el otro Master of Wine griego. El 18 de agosto publicaba en su cuenta de Instagram algunos datos sobre la vendimia 2025 en Santorini. Una catástrofe debida a la combinación de granizo y sequía de los últimos tres años. Viñas históricas, que han sobrevivido durante siglos, parece que están ahora al límite. ¿Seguiremos disfrutando de estos grandísimos blancos en el futuro o serán testimoniales?

El mejor assyrtiko que he probado fuera de Santorini lo elabora la bodega T-Oinos. Está situada en la isla de Tinos, en un altiplano con vistas al mar, donde el suelo granítico, deja grandes rocas esparcidas en medio del viñedo. Es un paisaje de ensueño. Su enólogo, Thànos Gèorgilas, nos obsequió con una visita inolvidable. 

2 Foto adjunta: Clos Stegasta: el viñedo de T-Oinos en Tinos (Islas Cícladas). 

Guardo en la memoria otras experiencias ligadas al vino en Grecia, pero no caben en este artículo. Y espero seguir aprendiendo sobre el terreno en futuros viajes.

El valor intrínseco de los vinos griegos y su historia milenaria merecen un poco más de atención por nuestra parte. Por supuesto, los assyrtiko y los xinomavro se valoran cada día más, pero hay muchos más esperándonos.

¿Hay algún vino griego que hayáis disfrutado particularmente?