ANTECEDENTES:
Cada vendimia es un sumatorio de factores cuya combinatoria concluye en un resultado diferente cada añada. La de 2025 quedará marcada en la memoria como una de esas campañas en las que todo parecía fluir con calma… hasta que, de la noche a la mañana, se desató la carrera más frenética de los últimos años.
La sequía generalizada que castigó al Penedès desde 2015 llegó a su fin entre 2024 y 2025, cuando las lluvias devolvieron aliento a los viñedos exhaustos y serenidad a las almas de los viticultores. La naturaleza, sabia pero implacable, había puesto a prueba durante una década la resistencia de las cepas: muchas murieron, pero otras sobrevivieron al borde de la extenuación. La resiliencia de los viticultores y el compromiso firme de la DO Penedès por convertirse en la primera Denominación de Origen 100 % ecológica del mundo en 2025, ofrecían un respiro en medio de la larga crisis climática.
El Penedès, repleto de nuevas generaciones de enólogos y viticultores, quienes no tiran la azada y siguen al pie de cepa, liderando para culminar una necesaria revolución abogan por:
- Cambio de variedades globalizadas, como la Chardonnay, por ancestrales más resistentes a picos de temperatura y sequía: Sumoll, Garnatxa, Xarel·lo y las recuperadas Forcada y Moneu.
- Poda de respeto, pieza fundamental de la viticultura que permite equilibrar la cepa y alargar su longevidad, transmitiendo identidad y memoria en cada vendimia, sin agotar su fuerza vital.
- Vinificaciones de tintos más ligeros, fluidos y frescos, de acuerdo con las peticiones del mercado.
- Burbujas ultraligeras y vibrantes elaboradas con el método ancestral
- Y un renovado apoyo a las largas crianzas tradicionales.
La primavera de 2025 llegó con buenas reservas de agua acumuladas en otoño, y con precipitaciones finas y regulares durante la brotación y la floración. Para los viticultores fue como recibir agua bendita en los dos momentos clave del ciclo.
El temor a los ataques fúngicos, que parecía cosa del pasado, reapareció en la memoria. El recuerdo de las infecciones de mildiu en plena época covid estaba demasiado vivo. Con el doble de pluviometría respecto a campañas históricamente buenas, el miedo era más que justificado. Pero la suerte acompañó: los meses de abril y mayo fueron radiantes y frenaron la llegada de la plaga de Plasmopara vitícola (milidu).
Junio, excepcionalmente cálido en su totalidad, hizo brillar una canopia exuberante en los viñedos del Penedès. La sonrisa contenida del viticultor, todavía con el corazón en un puño, presagiaba una cosecha generosa en calidad y, por fin, también en cantidad. Julio aterrizó suave, y esa ralentización inesperada en el desarrollo del fruto se convirtió en otra bendición que pocos se atrevieron a pronosticar.
El 12 de julio, una tormenta histórica descargó 150 litros en apenas dos horas sobre Vilafranca del Penedès. Inundaciones en servicios públicos y viñedos ocuparon portadas. En los alrededores la cantidad fue menor, pero suficiente para alcanzar un récord de pluviometría anual que triplicaba los niveles habituales previos a la década de crisis climática.
Agosto irrumpió sin concesiones. Como si las vacaciones quedaran en suspenso, las temperaturas comenzaron a subir y se instalaron con medias de 35-38 ºC durante más de dos semanas. La ola de calor puso fin a la calma y desencadenó la auténtica carrera de fondo de la vendimia.
Los primeros en vendimiar, el 31 de julio, fueron vistos como adelantados excéntricos: Chardonnay de 300 m de altura. Pero muy pronto la excepción se convirtió en la regla. La entrada de uva en bodega se generalizó en la primera semana de agosto, una anomalía difícil de prever después de tanta lluvia acumulada.
El 4 de julio habían comenzado los controles de maduración de las variedades tempranas para base cava, limitado en máximo a 12.5% grado alcohólico probable (GAP). Lo habitual en esas fechas es encontrarse con graduaciones bajas y una sanidad impecable. Pero conforme avanzó la semana, las subidas fueron de 1-1,5 % GAP, y en casos extremos de 2-2,5 % en apenas 5-7 días.
La primera quincena de agosto fue un auténtico tsunami de calor. En solo una semana, los incrementos superaron el 2,5 % GAP, alcanzando hasta 3-3,5 %. Una barbaridad sin precedentes. La logística de vendimia y de bodega tuvo que reiniciarse de inmediato: todo a contrarreloj, para mantener el equilibrio entre azúcares y acidez, y especialmente para garantizar el vino base cava dentro de los parámetros exigidos por la DO.
El gran reto fue que no solo se aceleraron las variedades tempranas, sino prácticamente todas. Cada jornada había que recorrer los viñedos, priorizar variedades, decidir qué parcela era más urgente y a qué vino estaba destinada. Una vendimia sin descanso, marcada por decisiones de tiempo de guerra.
Cada día traía nuevas sorpresas. Incluso las variedades tintas, que suelen madurar con más calma, entraron en un ritmo frenético. La maduración fenólica, tan determinante en ellas, se convirtió en un factor de complejidad añadido.
A medida que los días se alargaban, también lo hacían el cansancio físico y mental de viticultores y bodegueros. El contraste entre zonas bajas y medias, laderas y bosques del valle del Foix, y viñedos a 750 m de altitud se hacía más evidente: la montaña resistía mientras el llano corría desbocado.
El 20 de agosto ya se encontraban uvas pasificadas en tintas a apenas 200 m de altitud. Fue la constatación de que las decisiones se habían tomado como en tiempos de urgencia: algunas uvas se salvaron, otras no. Dolía perder esa fruta tan esperada tras años de sequía, pero la acidez brillante, contenida gracias al frescor de julio, fue la recompensa inesperada.
De momento, una campaña de heroicidades silenciosas, de decisiones a contrarreloj y de la confirmación de que, en el Penedès, la viticultura es resistencia, memoria y revolución permanente.