El acto de abrir una botella de vino, servir una copa y tomar un trago es algo tan cotidiano en nuestra cultura mediterránea que no somos capaces de valorar la magnitud de lo que representa realmente; lo hacemos con toda naturalidad, como si se tratara de cualquier otra bebida y, sin embargo, el vino tiene un especial alcance o trascendencia que vamos a tratar de exponer y analizar a continuación.
Reflexiones antes de abrir una botella de vino
Antes de comenzar con el proceso de cata o degustación de un vino es interesante destacar una serie de peculiaridades que hacen de este producto algo especial y, yo diría, único entre los diferentes productos que consume el hombre. Son aspectos que todos conocemos pero que, habitualmente, olvidamos debido, precisamente, a la cotidianidad con la que disfrutamos de él en nuestra cultura mediterránea y, especialmente, en una zona productora como La Rioja.
a) El vino tiene un origen concreto y perfectamente conocido
El vino tiene un origen concreto, y perfectamente conocido, tanto en el tiempo como en el espacio. Procede de una cosecha determinada, que figura en el etiquetado, y de un viñedo o viñedos concretos, exactamente ubicados en el espacio, en unas parcelas que tienen que cumplir una serie de condiciones y de las que se conocen todos sus datos. La “energía” contenida en esa botella y la mayor parte de sus características tiene su origen en la radiación solar y fueron fijadas por fotosíntesis en una cepa, en un año concreto y en unos viñedos también concretos. No hay otro tipo de producto con este nivel de trazabilidad o capacidad para reconstruir el historial del producto mediante una identificación perfectamente registrada.
b) Es un producto “limitado”
Al tener un origen concreto, tanto en el tiempo como en el espacio, es un producto “limitado”. De ese año y de ese origen no hay más vino que el que se produjo en esas condiciones y está perfectamente cuantificado. No es como otras bebidas en las que la cantidad de producto es ilimitada; pensemos, por ejemplo, en la cerveza o el güisqui.
c) El vino sólo lleva agua biológica
Toda el agua que lleva el vino es un agua biológica, es decir, un agua que ha sido tomada del suelo, absorbida por la raíz, transportada por toda la planta y almacenada en el fruto; no se añade ningún otro tipo de agua de cualquier otro origen, como ocurre en otros productos como cerveza o güisqui.
d) El vino evoluciona constantemente: está “vivo”
Dentro de una botella de vino tenemos un producto “vivo”, que evoluciona permanentemente. No es un producto tan estabilizado como otras bebidas no alcohólicas o alcohólicas de alta graduación; al contrario, tiene una vida, a veces muy larga, en la que se van desarrollando diferentes etapas, cada una con sus matices propios, comparables a las de un ser vivo.
e) No tiene fecha de caducidad
Aunque el vino está vivo, paradójicamente, no tiene fecha de caducidad, no es “perecedero” o, por lo menos, no es perecedero en un plazo medio de tiempo. Al contrario, incluso, puede mejorar durante largos períodos de tiempo.
f) Gran dependencia de las condiciones ambientales y de cultivo
Las características del vino contenido en esa botella dependen directamente de la calidad de la uva y de las condiciones de la viticultura que lo ha producido; esta gran dependencia llega hasta el extremo de que se puede predecir la calidad futura de un vino a través del estudio del viñedo en el que se produce la uva. No hay producto en el que exista una relación tan directa con la materia prima; pensemos en refrescos, bebidas de cola, cerveza, brandy, etc.).
g) Esfuerzo “embotellado” de varias generaciones
En esa botella está concentrado el esfuerzo y trabajo de muchas personas que han procedido, no sólo a su elaboración y crianza, sino al cultivo y cuidados de la vid durante todo un ciclo anual y lo que es más importante, como ocurre frecuentemente, personas pertenecientes a diversas generaciones que, en su día, procedieron a la plantación del viñedo, eligieron el portainjerto, la variedad, su ubicación y lo atendieron ininterrumpidamente para que diese el producto que, en este acto, vamos a degustar.
h) Tiempo “embotellado”, pero que envejece con nosotros
Esa botella guarda un vino que se produjo en un año concreto; es como una fotografía o una forma de “guardar el tiempo”. Al igual que una fotografía, representa un momento y una situación concreta y ya pasada pero, a diferencia de la fotografía, presenta la grandeza de evolucionar y envejecer con nosotros. La fotografía comete la ordinariez de mostrarnos el paso inexorable del tiempo y sus efectos sobre nosotros mismos pero el vino, sin embargo, es tan delicado, elegante y educado que envejece con y como nosotros.
i) La nobleza del “continente”
Por último, y corroborando todas las peculiaridades anteriores, también debemos destacar la presentación del vino y su envase. Como contenedor se utiliza el vidrio como material más noble y con una capacidad, generalmente, limitada de 0,75 l, para facilitar su consumo en perfectas condiciones, una vez abierta la botella. En cuanto al cierre, también se utiliza el corcho, como el material más noble y natural que existe. Finalmente, la botella “se viste” elegantemente con etiqueta, contraetiqueta y cápsula y se aporta información sobre las características del vino.
De todo lo dicho se desprende el valor, la trascendencia y el alcance que tiene esa botella de vino que vamos a abrir y todo lo que guarda en su interior, veámoslo como algo valioso en sí mismo y digno de respeto, aunque no sea más que por todo lo que representa.