El descenso en el consumo de vino tranquilo se ha convertido en noticia destacada durante los últimos años. Pero ¿esta reducción responde a un cambio de tendencia? ¿Se trata de una apuesta por reivindicar un consumo más saludable? ¿O simplemente estamos ante una nueva moda de consumo? Podríamos hablar de un cambio de tendencia o de una filosofía healthy, aunque a mí me gusta mucho más hablar de cambios importantes en una sociedad que parece haber perdido parte de sus raíces.

 

En la cultura occidental son numerosos los hitos en los que el vino forma parte de la celebración. En El banquete de Platón, el vino adquiere un protagonismo único alrededor de una mesa en la que se celebra un symposion: la cena y el vino dan paso a una sobremesa en la que se debate sobre una de las grandes cuestiones humanas: el amor.

 

No se trata de un caso único. En la Odisea de Homero, el vino fluye alrededor de la hospitalidad, el descanso, el poder y los rituales. Siglos después, volverá a adquirir una enorme carga simbólica en la Biblia, por ejemplo, a través del ritual de la eucaristía.

 

Los rituales

 

Debo confesarlo: me gustan los rituales, me encanta llegar a casa y celebrar el reencuentro con mi pareja junto a una copa de vino tranquilo o espumoso. Me apasiona compartir la mesa de los domingos con mi familia o mis amigos y poder descorchar una buena botella. Y creo que siempre es un placer compartido disfrutar de una buena copa de vino en cualquier lugar del mundo. Porque, al final, quizá no hablamos únicamente de beber vino. Hablamos de compartir. De conversar. De sentarnos alrededor de una mesa, de compartir la vida y de disfrutar de nuestra cultura.

 

De 50 a 20 litros

 

Pero más allá de la pasión llega la realidad. El consumo de vino en España ha experimentado una profunda transformación durante las últimas décadas. Atrás quedan aquellos tiempos en los que el vino formaba parte de la alimentación cotidiana de buena parte de la población. Hoy bebemos menos vino y lo hacemos de una manera distinta. Y como muestra dos datos: durante la década de 1950 el consumo de vino en España se situaba alrededor de 50 litros por persona y año, ahora este consumo está cerca de los 20 litros por persona y año.


 

Y la pregunta es inevitable: ¿cómo nos afecta este cambio? En primer lugar, la crisis del sector se traslada directamente al campo, donde los viticultores llevan a cabo una labor ingente para sobrevivir. Deben enfrentarse a los precios bajos o por debajo de los costes de producción. Pero también deben luchar contra los efectos cada vez más evidentes del cambio climático y a la dureza de mantener una actividad que, día tras día, resulta más difícil, menos rentable y con menor continuidad.

 

En segundo lugar, las dificultades de comercialización empiezan también a afectar a los cimientos económicos de muchas bodegas. En Catalunya, por ejemplo, numerosas pequeñas bodegas padecen la escasez de ventas y la dificultad de competir en un mercado cada vez más complejo. Esta situación, lamentablemente, se puede convertir en el preludio del cierre de muchas de ellas.

 

Y, en tercer lugar, si esta situación continúa, muchos viñedos acabarán siendo abandonados o arrancados. Y abandonar un viñedo no significa únicamente dejar de producir uva. Significa abandonar el ámbito rural a la búsqueda de nuevas oportunidades. Recuerdo, en este sentido, el término de “España vacía”, para reflejar cómo se encuentran la mayoría de las zonas rurales que, poco a poco, han registrado una pérdida de población a favor de las zonas grandes urbes.

 

 Más allá del vino

 

Y volvemos al origen para preguntarnos ¿qué es el vino? Me gusta defender que el vino es cultura: la historia y la antropología occidental reafirman el papel que el vino ha desarrollado al largo de los siglos. Pero también es paisaje, porque los viñedos gracias a la actividad humana, protagonizan un paisaje único que te envuelve cuando paseas por el Priorat, te emociona en la Borgoña o te transmite la historia en los viñedos del corazón del Penedès. Sin olvidar que el vino también es preservación de nuestro entorno natural y social, presenta una simbiosis de valores que no podemos olvidar.

 

Quizá ha llegado el momento de volver a socializar el vino. No para beber más, sino para comprenderlo mejor. Para explicar su historia, conocer a quienes trabajan la tierra, descubrir los paisajes y devolverlo, con naturalidad y responsabilidad, a ese lugar que ha ocupado durante siglos: la mesa. Porque quizá el futuro del vino no dependa únicamente de cuánto bebamos, sino de que sigamos encontrando razones para descorchar una botella, sentarnos juntos y compartirla. Porqué en el vino está la verdad: In vino veritas.