La Rioja es una de las regiones vitivinícolas con mayor tradición y conocimiento del viñedo, pero la implantación de cubiertas vegetales sigue siendo, a día de hoy, una práctica minoritaria y ejecutada con desconocimiento. El miedo a la competencia hídrica, la complejidad de su manejo o la falta de un criterio agronómico claro han llevado a que gran parte de los viñedos continúen trabajándose con suelo desnudo. Sin embargo, la cubierta vegetal no puede entenderse como un elemento estético ni como una solución estándar, sino como una herramienta técnica directamente relacionada con la gestión del carbono, la dinámica del nitrógeno y la actividad biológica del suelo.

En Marqués de Vargas abordamos la cubierta vegetal desde esta perspectiva, asumiendo que su valor no reside en implantarla para presumir de ella, sino en gestionarla activamente con criterios técnicos y acompañada de una observación constante en el campo, tanto de la cubierta así como de sus efectos en el viñedo: sembrarla, segarla, tumbarla o modificarla en función del estado del viñedo y de los objetivos de cada campaña. Solo desde este cuidado es posible integrar la cubierta como parte real del equilibrio suelo–planta y no como un riesgo añadido. 

El viñedo como mosaico: trabajo parcelario
El punto de partida de nuestro trabajo con cubiertas vegetales es entender que no existe un viñedo homogéneo. Gestionamos una superficie total de 90 hectáreas entre nuestras dos fincas, “HACIENDA PRADOLAGAR” y “VINEA ELECTA”, subdivididas en 32 y 14 parcelas respectivamente, cada una con un comportamiento propio en función del tipo de suelo, la orientación, el vigor y la respuesta histórica del viñedo a las distintas campañas. Esta variabilidad hace inviable aplicar una estrategia estándar de manejo, y menos aún una única cubierta vegetal. El trabajo parcelario nos permite tomar decisiones ajustadas a la realidad de cada zona, adaptando tanto la especie como la forma de implantación de la cubierta. No se trata únicamente de elegir qué sembrar, sino de decidir dónde, cómo y con qué objetivo agronómico, asumiendo que una misma parcela puede requerir estrategias distintas a lo largo del tiempo. Esta forma de trabajar exige una observación continua en campo y una lectura constante del viñedo, pero es la única vía para que la cubierta vegetal funcione como una herramienta real de equilibrio y no como un factor de riesgo.

El trabajo con cubiertas vegetales en bodega se inició en 2016, con la incorporación de Ana Barrón como directora técnica y el asesoramiento agronómico de David Pernet, y desde entonces se ha ido consolidando a través del aprendizaje continuo en campo, la gestión diaria de la cubierta, la práctica, el trabajo en equipo y una implicación real con el viñedo, hasta convertirse en una herramienta agronómica fundamental dentro del modelo vitícola de la finca.

Elegir la cubierta con criterio: suelo, carbono y nitrógeno
Cuando se habla de cubiertas vegetales, una de las dudas más habituales es qué aporta realmente cada especie al suelo y por qué no todas funcionan igual.

En el equipo partimos de una idea sencilla: la cubierta no solo está para cubrir el suelo, está también para trabajarlo. Y ese trabajo empieza por la materia orgánica, el carbono y el nitrógeno.

Los cereales, como la cebada o la avena, generan una gran cantidad de biomasa, que se traduce en un importante aporte de carbono al suelo. Además, desarrollan sistemas radiculares finos y profundos que ayudan a estructurar el suelo, mejorar la infiltración del agua y reducir la compactación. Este carbono alimenta la actividad microbiana y ayuda a regular el vigor de la viña mediante una competencia controlada. Sin embargo, estas especies no aportan nitrógeno nuevo, sino que utilizan el que está ya presente en el suelo.

Las leguminosas, como el trébol o la veza, presentan un sistema radicular más ramificado y superficial, muy activo a nivel biológico, y tienen la capacidad de fijar nitrógeno atmosférico, incorporándolo de forma progresiva al suelo. Esto permite equilibrar el sistema y evitar bloqueos temporales del nitrógeno, favoreciendo una nutrición más estable para la viña.

La combinación de cereales y leguminosas permite que el suelo funcione de manera más estable. Mientras unas especies construyen suelo y aportan carbono, otras compensan la disponibilidad de nitrógeno. El resultado es un suelo más vivo y una viña más equilibrada, capaz de responder mejor a las condiciones de cada campaña.

Del planteamiento al campo: lectura del mapa y toma de decisiones
Todo este enfoque se traduce en decisiones concretas sobre el terreno. El mapa de cubiertas vegetales refleja cómo una misma finca se comporta de manera muy distinta y por qué no tiene sentido aplicar una única estrategia. En nuestros viñedos conviven parcelas trabajadas con cereales, mezclas de cereal y leguminosas y cubiertas alternas por filas, una sí y una no, en función del vigor y de la respuesta observada en cada zona.

      

La rotación de cubiertas, con siembras en otoño tras la vendimia y posteriormente en primavera, permite adaptar el manejo a cada campaña y evitar esquemas rígidos. El mapa no es una foto fija, sino una herramienta viva que recoge decisiones tomadas en campo: qué sembrar, dónde alternar, cuándo simplificar o cuándo cambiar de especie. Esta forma de trabajar exige presencia constante, pero es la base para que la cubierta vegetal funcione como una herramienta real al servicio del viñedo.

Cuando el suelo está vivo, el viñedo responde
La gestión de la cubierta vegetal es una herramienta clave para mejorar el funcionamiento del sistema suelo–planta. Decidir cuándo compite, cuándo se siega y cuándo se tumba permite regular el vigor, favorecer un desarrollo radicular más profundo y mejorar la disponibilidad hídrica y nutricional a lo largo del ciclo. Un suelo con mayor contenido en materia orgánica, mejor estructura y actividad biológica es capaz de infiltrar y retener mejor el agua, ofreciendo a la vid una respuesta más estable frente al estrés hídrico. Por eso, uno de los principales objetivos de este manejo es reducir la dependencia de insumos externos y minimizar el uso del riego, incluso cuando este está disponible.

Pero el valor de una cubierta bien gestionada no se queda solo en los datos. Se ve y se siente en el campo. En el verde que cambia con las estaciones, en las floraciones, en los insectos que aparecen, en la materia orgánica que se descompone y devuelve vida al suelo. El viñedo deja de ser una superficie desnuda para convertirse en un ecosistema activo, más equilibrado y con mayor capacidad de autorregularse y defenderse de forma natural. 



Trabajar así exige presencia constante en campo, criterio técnico y una implicación real del equipo. Este esfuerzo, como resultado da viñedos que responden mejor, que se entienden mejor y que motivan a seguir afinando decisiones campaña tras campaña. En Marqués de Vargas, la cubierta vegetal es parte de una forma de trabajar que construye suelo, ordena la viña y crea paisaje. Y ese paisaje, lleno de vida, es también una oportunidad para el futuro de La Rioja: viñedos vivos, trabajados con rigor, que no solo producen uva, sino que se ven, se pisan y transmiten futuro sostenible.